Aunque sus redes sociales están inundadas de amigos y familiares que vuelven a su vida normal, ella no ve a nadie a excepción de su esposo, quien donó su riñón en 2015 para que Takes, de 37 años, pudiera recibir a cambio el riñón de un donador compatible.
La medicación que impide que su sistema inmunitario rechace el órgano también evita que pueda crear anticuerpos en respuesta a una vacuna contra el coronavirus. Takes comentó que su cuerpo es tan malo para combatir las infecciones que ha terminado en la sala de urgencias por resfriados comunes. Teme que el covid la mate.
No obstante, el aislamiento y la depresión (amplificados debido a que el resto del mundo parece superar la pandemia sin ella) también le han pasado factura.
“A decir verdad, sigo intentando aguantar por mi esposo”, aseveró Takes.
Millones de estadounidenses con sistemas inmunitarios debilitados, discapacidades o enfermedades que los hacen especialmente vulnerables al coronavirus han vivido así desde marzo de 2020, secuestrados en casa, sin que sus hijos asistan a la escuela y faltando a sus citas médicas para no arriesgarse a exponerse al virus. Están furiosos con los discursos de los políticos y los expertos en salud pública ya que consideran que minimizan el valor de su vida.
Conforme se acerca el tercer año de la pandemia, con el apoyo público a las medidas de prevención cayendo en picada y los gobernadores de los estados más liberales movilizándose para deshacerse de la obligatoriedad de los cubrebocas, estas personas se encuentran afrontando el agotamiento y la pena, arraigados en la sensación de que sus vecinos y líderes están dispuestos a aceptar que sean daños colaterales en una vuelta a la normalidad.
“Todavía puedo ver su mundo, pero vivo en un mundo diferente”, comentó Toby Cain, de 31 años, de Decorah, Iowa, quien padece cáncer linfático y pasó por seis rondas de quimioterapia y radiación durante la pandemia, lo que la hace especialmente vulnerable al covid.
Vive sola, casi todas las comidas las hace sola y navega sola por las redes sociales, lamentándose por las bodas familiares que se ha perdido y los bebés de sus amigos que no ha conocido, al menos hasta que abandonó en silencio las redes sociales.
“Es como vivir detrás de un velo mientras el resto del mundo avanza”, dijo.
Más de 7 millones de adultos en Estados Unidos, es decir, alrededor del 3 por ciento, son calificados por los profesionales de la salud como inmunodeprimidos debido a una enfermedad, medicación u otro tratamiento que debilita la respuesta inmunitaria de su cuerpo, lo que significa que enfermedades como el covid pueden ser más mortales para ellos y que las vacunas ofrecen menos protección.
Decenas de millones de estadounidenses más tienen al menos un padecimiento médico, como asma o diabetes, que los pone en mayor riesgo de contraer covid. El grado de riesgo puede variar mucho. Muchos viven sin preocuparse, mientras que otros con mayor riesgo han sentido la necesidad de aislarse de la sociedad.
Eso no es lo que Aaron Vaughn, de 12 años, procedente de East Lynne, Misuri, esperaba cuando recibió un trasplante de corazón en junio de 2020. Puesto que nació con medio corazón, pensó que el trasplante le daría más libertad tras años de largas temporadas en el hospital, pero como el virus sigue circulando, no ha ido a la escuela ni a un restaurante (su última salida fue a Pizza Hut, su favorito en ese momento) desde principios de 2020 y no ve a nadie más que a su familia y a los médicos.
“Si pudiera ir a la escuela, sería genial”, afirmó Aaron y agregó: “No puedo ir a ningún lado más que al hospital”.
Está vacunado, pero, debido a los medicamentos que toma para evitar que su cuerpo rechace el corazón, sus médicos le han dicho que actúe como si no lo estuviera. Sus hermanos, también vacunados, volvieron a la escuela presencial el mes pasado, pero usan cubrebocas, lo que les hace destacar en su comunidad conservadora, donde los anuncios en las carreteras instan a las personas a no vacunarse contra el coronavirus.
Sus padres dijeron que habían recibido cartas de odio por pedirles a los vecinos que usaran cubrebocas o se vacunaran, algunos de ellos fueron los mismos vecinos que se unieron y rezaron por Aaron cuando necesitaba un trasplante.
“Es difícil ver que la gente ha convertido en algo político esto que podría matar a mi hijo”, señaló su madre, Sarah Vaughn.
El retroceso de la obligatoriedad en el uso de cubrebocas en estados como Nueva York, Illinois y California es la última fuente de estrés para los estadounidenses vulnerables, quienes temen que el resto del país se olvide de las medidas de prevención sin tener en cuenta cómo mantenerlos a salvo. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, en inglés) dijeron la semana pasada que era demasiado pronto para abandonar los cubrebocas, en parte por el impacto potencial en las personas vulnerables, pero la agencia indicó el miércoles que pronto emitiría nuevas directrices.
El miedo y la rabia que sienten muchos estadounidenses de alto riesgo estallaron en la opinión pública el mes pasado en respuesta a las declaraciones de la directora de los CDC, Rochelle Walensky. Citando un estudio que decía que solo el 0.003 por ciento de las personas vacunadas habían fallecido a causa del covid, le explicó a ABC News que el 75 por ciento de los que habían muerto a pesar de la vacunación tenían “al menos cuatro comorbilidades, así que, en realidad, se trata de personas que no estaban bien desde un inicio”.
Eso llevó a Imani Barbarin, quien tiene varios padecimientos que la ponen en alto riesgo, incluyendo parálisis cerebral y diabetes, a crear la etiqueta #MyDisabledLifeIsWorthy (Mi vida con discapacidad es digna) en las redes sociales, generando una avalancha de personas enojadas por la estrategia del gobierno.
“Solo queremos sobrevivir a esto”, dijo Barbarin, de 31 años, “y hemos visto una indiferencia total hacia nuestras necesidades, nuestra comunidad y nuestras voces durante toda esta pandemia”.
Tras una avalancha de críticas, Walensky se disculpó con los defensores de las personas con discapacidad en una reunión y prometió que los altos funcionarios de los CDC se reunirían con ellos regularmente, pero Julia Bascom, directora ejecutiva de la Red de Autodefensa de los Autistas, quien estuvo en la reunión, dijo que el comentario reflejaba una actitud conocida: “Que las personas con discapacidades van a morir de manera inevitable y que esos fallecimientos son más comprensibles y menos trágicos”.
Cameron Webb, asesor principal de políticas de equidad en el Equipo de Respuesta ante el covid de la Casa Blanca, dijo que la reacción había llevado al gobierno de Biden a revisar su estrategia en cuanto a las personas en situación vulnerable.
“Hay mucho sufrimiento”, reconoció y añadió: “Queremos hacerlo mejor”.
Señaló las normas recientes del Departamento de Salud y Servicios Humanos, según las cuales no se puede privar de prioridad a los pacientes en función de su discapacidad, incluso cuando los hospitales promulguen normas de atención a la crisis. Dijo que la administración anunciaría más acciones esta semana, incluyendo un grupo de trabajo de activistas.