CARPE DIEMDebates y foros
Lo primero que yo haría, si me tocara organizar un debate de candidatos presidenciales y sobre todo si fuera con los dos finalistas, es evitar que el evento sea abierto al público. Esa plebe de patanes que abarrota los salones en los que se celebran los debates no contribuye en nada a la dignidad y seriedad que debería tener el evento.
Si la democracia es una discusión, como escribió Vaclav Havel, ciertamente no debería ser un griterío de placeras. En contraposición, lo que haría es televisarlo, y que de esa forma el debate llegara a todos los hogares posibles. Así, si alguien quiere exaltarse y gritar impertinencias, el exabrupto no saldría de la sala de su casa y no lo tendrían que aguantar más que sus familiares cercanos. En cambio, si alguien quiere aprovechar el intercambio de ideas y meditarlas serenamente, habría un ambiente propicio.
La otra cosa que haría es asegurarme de que el evento fuera, en efecto, un debate. Es decir, que las ideas fueran discutidas y puestas a prueba por los candidatos. Me aseguraría de que hubiera una contienda de propuestas, de que hubieran cuestionamientos y repreguntas.
Esto es en contraposición al chapinísimo foro, en donde cada quien llega a decir incoherencia y media, sin que nadie se atreva a cuestionarlo o a contradecirlo, por temor al qué dirán. ¡Esa servil y sospechosa cortesía guatemalteca que a veces saca de quicio!
A mí me gusta cómo hacen los debates en los Estados Unidos. Los candidatos exponen y se cuestionan entre sí, frente a un panel de periodistas hábiles y reconocidos que también interrogan a los participantes. En esas condiciones, si alguno de los candidatos llega a decir que generará 250 mil empleos, por decir algo, no salga de ahí hasta explicar cómo fregados va a hacer para conseguirlo.
Cualquiera puede llegar a un foro y ofrecer educación, vivienda, salud, carreteras, estabilidad, seguridad social y felicidad para todos, así como cualquiera puede citar cifras y explicar gráficas; pero lo verdaderamente valioso de un debate sería que explicara cómo lo va hacer, quién va a ser el directamente responsable, de dónde van a salir las correas y en cuánto tiempo va a cumplir cada uno de sus ofrecimientos. Si no es así, los foros son aburridos o son un circo.
En el debate al estilo de los Estados Unidos, los candidatos son puestos a prueba. Sus ideas y sus propuestas pueden ser cuestionadas a fondo y con seriedad. En manos de periodistas chispudos, se evidenciaría cuando un candidato está hablando babosadas y cuando no.
Por ejemplo. En el Debate recién pasado, Colom dijo que en su gobierno la Prensa conocerá todos los gastos de su administración; y uno lo pone muy en duda, porque durante la campaña Colom ha atacado más de una vez a la Prensa, demostrando que en realidad no entiende su papel. Berger, por su parte, ofreció un Estado pequeño, pero ha desfilado frente a cuanto grupo de interés lo ha recibido, para ofrecerles su tajada del presupuesto de la Nación. Uno no puede tomar en serio a éstos.
Pero lo más terriblemente sintomático fue que ninguno de los dos se atrevió a poner en orden a las barras que los acompañaban.
En un debate formal, al estilo de los Estados Unidos, en vez de insultos burdos, tal vez surgiría alguna joya para la historia, como aquella vez cuando Walter Mondale trató de burlarse de la edad avanzada de Ronald Reagan, éste respondió que no haría de la juventud e inexperiencia de Mondale un tema para la campaña. Respuesta que evidenció la agilidad y la habilidad del gran comunicador.
Un par de debates serios, como éstos, le aportarían más a la construcción de la democracia chapina y a los electores guatemaltecos que un centenar de foros sectoriales y un debate entre placeras.
La verdad sea dicha, una democracia tiene más que ver con la igualdad de todos ante la ley y el respeto a los derechos individuales, que con la posibilidad de que unos puedan vivir a costillas de otros y de que la plebe pueda desbordarse en las discusiones que deberían ser más constructivas.
Endeudamiento. En una página de Prensa Libre veo a Lizardo Sosa, presidente de la Junta Monetaria, recomendando que los guatemaltecos nos endeudemos más. En otra, adelante, veo a Enrique Bolaños, presidente nicaragüense, anunciando la condonación de la deuda de su país. ¿Hasta cuándo nos endeudaremos los chapines? ¿Hasta que tengamos que humillarnos y pedir que nos perdonen nuestras deudas?