Alfred Kaltschmitt

Licenciado en Periodismo, Ph.D. en Investigación Social. Ha sido columnista de Prensa Libre por 28 años. Ha dirigido varios medios radiales y televisivos. Decano fundador de la Universidad Panamericana.

NOTAS DE Alfred Kaltschmitt

El sentimiento es de hartazgo por el ruido de las redes y los continuos clacs de los medios. La polarización ha calado como nunca nuestra sociedad. Se es negro o blanco. A favor o en contra. No hay medios, no hay diálogos y los neutros son anatema. No se puede estar en contra de Don Iván y criticar una coma de su guion sin ser metidos en la red de los rebeldes anarquistas enemigos de la paz, socios de la corrupción y la impunidad. Da pena, pero es así. Tampoco hay espacio para eliminar los extremos y debatir en mesas de diálogo en centros serenos.
He tratado de escribir esta columna varias veces y los acontecimientos políticos con ínfulas de megacrisis van más aprisa que mis dedos. Me sorprenden los anuncios de inicios de antejuicio “cabalito” cuando el presidente estaba en Nueva York hablando con la ONU. Me afecta mi prurito ciudadano el enterarme que “un convenio que nunca fue conocido por la Asamblea de Naciones Unidas tenga ahora mayor validez que la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, la cual sí fue aprobada por los Estados a nivel mundial desde 1967. Esto, indiferente a la validez de si el comisionado debe o no permanecer en Guatemala después de ser declarado non grato.
Cavilando sobre las últimas tragedias de la semana pasada, la matanza del Hospital Roosevelt cala hondo porque aun cuando tapemos el hoyo negro de las carencias con todas las justificaciones de nuestras falencias sistémicas y estructurales, las muertes pudieron evitarse si se hubiesen seguido protocolos elementales de seguridad y el uso del más “poco común de los sentidos”  donde el desbarajuste estatal parece haberse confabulado para atraer hacia si todos los pecados y errores de las administraciones pasadas. Estamos pagando la factura porque nosotros mismos creamos al monstruo que hoy nos devora.
“La corrupción es efecto, no causa”, escribe el doctor Enrique Ghersi, especialista en el análisis económico del Derecho y en el Derecho Penal. Y asevera que la clave de la reforma política es introducir mecanismos competitivos para garantizar una mayor eficiencia en el manejo de la cosa pública y sobre todo una distribución del poder; habida cuenta de que la tentación del poder reside en su concentración. 
Rememorar el argumento de aquella película de los setentas al oír el nombre de Juan Salvador es casi automático. La gaviota del best seller de Richard Bach,  resistiéndose a ser como las demás. Rebelde al statu quo y a las prácticas de la habitualidad de lo que “así es” y tiene que ser así”, y mientras te conformes al molde de la plebe, de tu tribu, estarás bien en tanto no te atrevas a desplegar un color ajeno al uniforme, o lucir un destello diferente de pensamiento, o alguna acción “extraña” nacida de tu propia espontaneidad, porque sería percibida como una perfecta locura, aunque no lo sea.
“Si no sirve… no sirve”... Es el adagio olvidado en los anaqueles de la ineptitud burocrática corrupta e inservible. Se mueren calcinados “jóvenes en peligro” en “casas Seguras”.
Hubo aplausos, lágrimas y gritos de júbilo la semana pasada. El tribunal Federal Suizo de Ginebra anuló la sentencia de cadena perpetua emitida por un tribunal de segunda instancia contra Erwin Sperisen. Las 110 páginas que recogen el análisis y el dictamen del alto tribunal destilan cierta vergüenza y algún dejo de bochorno por la forma en que uno de los suyos condujo con tanta irresponsabilidad y cinismo este juicio.
A propósito de la Feria del Libro viviendo una transformación cultural mientras trata de volar entre las páginas de papel —y las impresiones etéreas binarias digitales electrónicas de Kindle y similares— no puedo dejar de percibir esa relación tan estrecha de interpretar nuestra realidad nacional bajo el prisma de ese movimiento literario, que le permitió Asturias, García Márquez y otros más, describir realidades políticas con elementos fantásticos y míticos.
Colombia, 26 de junio pasado. Ceremonia de “dejación” de armas. El presidente Santos y el ahora exguerrillero, exnarco terrorista y jefe máximo de las Farc, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, sostienen un fusil AK-47 con el cañón convertido en una pala. El extraño objeto está bañado en oro. Hay simbología, rito y lenguaje ceremonial en la veintena de zonas donde se concentran miles de guerrilleros. En algunos liberan centenas de mariposas. En otro, una pareja de guerrilleros sostiene a su bebé, simbolizando el nuevo futuro.
El escándalo fue mayúsculo en México luego de que una investigación efectuada por Citizen Lab, una firma de Toronto, contratada por el New York Times, revelara los nombres de 14 destacadas personalidades, activistas y políticos, entre ellas Carmen Aristegui, cuyos teléfonos habían sido hackeados por medio de un software de espionaje de origen israelí llamado Pegasus, con una capacidad absoluta de acceder a data, llamadas telefónicas, micrófono, textos y fotos. Todos tenían un lazo en común: ser acérrimos críticos del gobierno de Peña Nieto. El escándalo sigue su curso.