Alfred Kaltschmitt

Licenciado en Periodismo, Ph.D. en Investigación Social. Ha sido columnista de Prensa Libre por 28 años. Ha dirigido varios medios radiales y televisivos. Decano fundador de la Universidad Panamericana.

NOTAS DE Alfred Kaltschmitt

Aún se evocan aquellas pequeñas, pero comunicacionalmente eficaces vallas, colocadas en cruces estratégicos con el rostro de un joven de pelo negro y mirada ingenua y un eslogan que decía “la fe mueve montañas”. Le siguió otra con un mensaje concebido con un olfato acertado justo en medio del descalabro Baldetti/PP/Pérez Molina y las manifestaciones de mayo protestando el cansancio chapín contra la clase politiquera. Y con el eslogan: “Ni corrupto, ni ladrón”, calando hondo, se monta encima de la ola antipolítica, la ola del hartazgo ciudadano, la ola de la cruz estampada sobre la mayoría de papeletas electorales señalando el rechazo a un sistema politiquero decadente y turbio. Y gana.
La frase tiene una connotación especial en esta aventura reciente de cuatro días entre los últimos vestigios de las selvas de Alta Verapaz, del Petén y sus ríos. Saldrá en discusiones con mis compañeros de travesía, mientras maniobramos sobre carreteras de cemento, asfalto y terracería. Cruzando ferris junto a largos contenedores apilados de ganado oliendo a estiércol de pasto de potreros de selva depredada; estará ahí en las travesías por lancha en la quietud del río La Pasión y en los rápidos y remolinos del Usumacinta; me acompañará bajo el mosquitero en el hotelito de don Julián Marion; y en los campamentos de arqueólogos y guardabosques en el sitio arqueológico Piedras Negras dentro del Parque Nacional Sierra de Lacandón, tres horas por lancha desde Bethel; y hasta deambulando entre los monumentos de los ancestros mayas con tanto destello de grandeza y a la vez humana vulnerabilidad. En todo momento la frase “rompiendo viento” servirá para ilustrar el enfoque de esta columna.
Llevo tantas columnas abordando el tema de la pobreza y sus comprobadas fórmulas para provocarla o eliminarla, que escribo con desgano. Como en el país de Gulliver, pasan los días y la mata anti-hidroeléctricas y minería crece. Se trepa encima de vallas legales y amparos frívolos; se enreda en furibundos discursos y tarimasos de amplificados megáfonos y luces disque pro derechos indígenas. Se enquista en algunos sacerdotes de la iglesia católica guatemalteca, y hasta se fertiliza con abonos oenegeros nórdicos.
¿Cuál Sócrates? Ni corteses, ni sabios, ni prudentes, ni imparciales, esa es la realidad de esa alta Corte, cada día más alejada de su norte verdadero y su legítima razón de ser constitucional. Caída bajo el control absoluto de la magistrada Gloria Porras, diletante malabarista de la justicia selectiva: “Todo el peso del garrote de la ley para mis enemigos y todas las zanahorias politiqueras para mis amigotes...”
Hace algunos años tres economistas: “Batra, Haufmann y Stone, realizaron un estudio en varios continentes para determinar lo que las empresas y sus dirigentes piensan sobre el marco institucional y las principales trabas para invertir en distintos países —ya que cada inversión que no se realiza es una oportunidad de crecimiento perdida.
Burradas, pifias, errores, llámeseles como se quiera, se cometen, es inevitable. Somos humanos. Aplica a todos, pero donde más se hacen visibles es en el ámbito político. Los presidentes por ejemplo. La lupa esta sobre ellos y el más mínimo movimiento, palabra, gesto, bostezo es observado a profundidad. Es natural. Hombres públicos que son, se mueven en arenas movedizas políticas, y teniendo tanto valor mediático, también son buenos para vender noticia.
Como en los tiempos pretéritos, que no se ose plantear el concepto, el argumento, la idea contraria, porque, o eres brujo del monte, miembro de la oligarquía de Salem, blasfemo y adepto de las herejías inconfesables, o un comunista con vasos comunicantes directos con los tiranos bolivarianos del siglo veintiuno, veintidós y veintitrés.
El proceso es gradual. La pérdida de la fe en nuestras instituciones se desarrolla como el ejemplo aquel de las ranas cociéndose en un recipiente de agua hirviendo. Los cambios de temperatura fueron tan graduales que sus organismos apenas lo sintieron. Poco a poco se fueron adaptando hasta la etapa final que los consumió sin siquiera darse cuenta.
Sentado estaba a la vera del camino el desfallecido, con la mano extendida, olvidada por el tiempo y el vacío de la ayuda que nunca llegó. El sol era inclemente y las fuerzas menguaban convertidas en un suspiro apenas sensible al único caminante que se había detenido a asistirlo durante los últimos tres días. Sacó su alforja de agua vertiendo gotas sobre los heridos labios del desfallecido. Al principio insensibles, luego voraces al sentir la humedad del precioso líquido.
Buscando algún aforismo latín para sustentar cómo, en nombre de la justicia, se pueden cometer las mayores injusticias, encontré uno que encaja muy bien: Epiqueya, “un término griego, de valor jurídico, que se refiere a la aplicación concreta de una ley, que siempre es general, a los casos concretos que son los reales. Se trata de una virtud moral que permite a una persona no aplicar la observación literal de una norma positiva para respetar o ser fiel al sentido o espíritu auténtico de la propia norma. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como: 1. f. Interpretación moderada y prudente de la ley, según las circunstancias de tiempo, lugar y persona”.