Carolina Escobar Sarti

Doctora en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de Salamanca. Escritora, profesora universitaria, activista de DDHH por la niñez, adolescencia y juventud, especialmente por las niñas.

NOTAS DE Carolina Escobar Sarti

La sonda espacial Voyager estaba a seis mil millones kilómetros de la Tierra —el punto más distante de nuestro planeta— en 1990 y se disponía a salir del Sistema Solar. En ese momento  el científico Carl Sagan sugirió a la Nasa que se captara una última imagen desde allí. La Tierra se veía apenas como un punto al que Sagan llamó “El pálido punto azul”, y dijo que podría no parecer importante, pero lo era. Ese pálido punto azul, dijo, es nuestro hogar, somos nosotros.
Un juez debe ser “solo” un juez, y no dejarse presionar ni política ni económicamente por nadie.
Siempre decíamos que no podía haber nada peor y llegaba. Siempre que creímos ir saliendo, había un círculo más abajo; siempre un infierno más, como en el libro de Dante. A junio de 2018, la pregunta vuelve a surgir: ¿ya tocamos fondo? A mi criterio, enfrentamos la crisis política, social y económica más seria de los últimos 30 años. El Estado está capturado en medio de un pacto de corrupción que por fin tuvo nombre, la sociedad está muy informada pero sin capacidad de debatir en profundidad y llegar a acuerdos estratégicos; y el capital que emerge con fuerza es el del crimen organizado y el narcotráfico, sin lograr que buena parte del capital tradicional ofrezca salidas creativas a una situación que contribuyeron a crear.
Algo muy profundo falla en una sociedad de corte democrático cuando su sistema electoral y de partidos permite llegar al poder a personas como Donald Trump o Jimmy Morales, solo para poner un par de ejemplos cercanos. No porque representen una opción u otra del espectro político, sino porque realmente no son los estadistas que nuestros países merecen. Por eso, ellos y quienes les rodean   toman  decisiones peligrosas, no solo para sus países, sino para el mundo. En el caso de Trump, es mucho más complejo, porque está al frente del país que despertó el sueño del mundo capitalista y se levantó a partir del esfuerzo de millones de migrantes, sobre todo provenientes de Europa al inicio, y latinoamericanos o caribeños, después.
“Los guatemaltecos necesitamos unirnos y concentrarnos en atender la crisis. Frente a las necesidades de los afectados, ¿dónde estaban y dónde están los grupos que hoy bloquean las calles?”, fue el mensaje en Twitter de @CACIFnoticias. Despertó una respuesta inmediata de muchísimas personas, de la jauría sin argumentos de siempre, de los “netcenteneros” de oficio, y también de ciudadanía de diversos sectores. La mayoría de respuestas eran contra el mensaje, incluso de otros empresarios que en WhatsApp se manifestaban en ese sentido.
En un primer momento, abrazo el dolor inenarrable de quienes lo perdieron todo. Quienes perdieron a sus familiares, a sus vecinos, su perro, su casa, su comunidad, su lugar en el mundo. Inclino mi cabeza ante lo que no puede describirse pero se siente. Debajo de lo que ahora será un cementerio, quedan cientos de historias que sólo seguirán contándose en las vidas de quienes les sobrevivieron.
A Claudia Patricia Gómez la comenzó a matar Guatemala desde antes de nacer. Como a uno de cada dos niños y niñas menores de 5 años que hoy padecen desnutrición crónica; como a las más de 90 mil niñas y adolescentes de entre 10 y 18 años que cada año quedan embarazadas; como a los  mil 600 niños, niñas y adolescentes que están fuera del sistema educativo; como a los 15 mil jóvenes que han encontrado en las maras y pandillas la única opción para sentirse integrados y reconocidos.
Emma Molina Theissen nunca debió haber sido violada y torturada como lo fue. El niño Marco Antonio Molina Theissen nunca debió haber sido secuestrado y desaparecido por miembros del Ejército, en venganza porque su hermana había escapado del cautiverio. Las torturas y muertes nunca debieron darse, como nunca debimos vivir una guerra y un genocidio. Y en la guerra nunca debieron pasar los horrores que sucedieron, porque no es cierto que en la guerra todo se vale y allí debieron regir el Ius in Bellum y el Ius ad Bellum que norman toda guerra. Pero todo sucedió y Guatemala se rompió en pedazos.
Guatemala está en la encrucijada. En medio de esta tensión, algunos quieren volver a la “normalidad”. Recuperar la tacita de plata, el país de la eterna primavera, la Guatelinda de las postales. Pero, ¿qué ha significado esa normalidad en Guatemala? ¿Qué hay debajo de esa nostálgica epidermis de paisajes, silencio y folclore que algunos añoran? Al rascar la superficie de esa “normalidad”, no solo aparecen nuestras bondades, hay sobre todo dictaduras, relaciones incestuosas entre sectores de poder, históricas complicidades y pactos de corruptos, relaciones delincuenciales entre elites políticas, militares, económicas y académicas.
“Es fácil entender el por qué ciertos sectores políticos, sociales, económicos (y militares/el paréntesis es mío), se oponen al trabajo del MP y CICIG. Este es el resumen de los procesados hasta el día de hoy: 2 Presidentes, 1 Vicepresidenta, 1 Presidente con antejuicio, 3 candidatos presidenciales o vicepresidenciales, 19 altos funcionarios de gabinete, 3  secretarios de la presidencia, 4 jefes de la Superintendencia de Administración Tributaria (SAT), 1 presidente del Banco Nacional, 1 Directorio del Seguro Social, 25 diputados, 4 magistrados de la Corte Suprema de Justicia, 3 magistrados de apelaciones, 6 jueces, 12 militares, 155 empresarios incluidos líderes de negocios de renombre, 9 miembros de directorios bancarios, 3 propietarios o representantes de emporios mediáticos, 182 oficiales y servidores públicos, con procesos penales por corrupción, algo sin precedente en Guatemala, en la región o en el hemisferio”.