Carolina Escobar Sarti

Doctora en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de Salamanca. Escritora, profesora universitaria, activista de DDHH por la niñez, adolescencia y juventud, especialmente por las niñas.

NOTAS DE Carolina Escobar Sarti

Cuando abría los ojos, aún estaba oscuro. A mi lado, una mujer me acercaba la leche para que no me fuera al colegio con el estómago vacío. Se llamaba Fidelia. Inmediatamente se iba a la cocina, a ayudar a mi mamá a hacer “lo que las mujeres hacen” al iniciar el día. Luego de un café, mi madre y mi padre se iban al trabajo, mi hermano y hermanas comían algo muy rápido antes de ir a estudiar, nos íbamos todos al colegio y la Fidelia volvía a lo “suyo”.
Cuando el juicio por genocidio llegó a su punto más álgido en el 2013, el tema ya no solo se debatía en los medios de comunicación. Meses antes de aquella memorable portada de Prensa Libre el 11 de mayo del mismo año, en la cual Ríos Montt aparecía siendo conducido por policías a la cárcel, luego de la sentencia de 80 años por genocidio, habíamos comenzado a escuchar y hablar sobre el tema en tiendas de barrio, reuniones familiares, universidades, espacios públicos y privados.
Otra semana de pulsos intensos en una Guatemala. La elección de fiscal general, que el año pasado era apenas una alerta amarilla, ya está aquí. Y la luz intermitente ha cambiado de color a un rojo intenso; la cuestionada Comisión Postuladora ha dado signos de falta de autonomía y vicios de origen, además de estarle fallando claramente a la historia de Guatemala, que sabe juzgar mejor que nadie cuando el tiempo llega.
Hay gente que nunca se va, aunque se vaya. Gente que se queda en las palabras, en los abrazos, en nuestra memoria, en las paredes de su casa, en la vida de otra gente o en las hojas amarillentas de los libros que escribió y leyó (y aún en los que jamás siquiera abrió pero tenía allí, al lado de su cama, para recordar la angustia).  Hay gente así, que nunca muere, aunque muera. Como Margarita Carrera.
“Tanmirt” significa “gracias” en el idioma de los bereberes (hoy imazighen u hombres libres) que habitan el norte de África. Y decir Sáhara (con acento en la primera a) es lo mismo que decir desierto. Gracias desierto, es entonces, el título que doy a este artículo, porque la experiencia no se compara a ninguna otra y ha quedado en mi memoria celular para siempre.
Para algunas personas, la procesión de la “Poderosa Vulva” que salió el 8 de marzo significó una ofensa a sus creencias religiosas. Para otras fue una manera de romper simbólicamente con el orden patriarcal. Pero hay un tercer grupo, liderado por diputados muy cuestionados del actual Congreso (nunca faltan los hipócritas y fariseos), que está usando las creencias religiosas para servirse en bandeja de plata un jugoso bocado político que habían reservado para la Semana Mayor: sacar al actual procurador de Derechos Humanos, quien no solo les molesta porque ha cumplido bien con el mandato para el cual fue electo, sino porque en varias ocasiones ha expresado su apoyo al trabajo de Iván Velásquez al frente de la Cicig.
Si me preguntan qué buena historia imagino para una niña guatemalteca, tengo muchas. Pero todas convergen en un mismo punto de partida: quisiera que cada una fuera amada y respetada desde el nacimiento, que cada una tuviera desde pequeña un techo que la protegiera de la intemperie, una cama donde dormir cada noche, y comida caliente para nutrir su cuerpo y su cerebro. Quisiera que, con miel en los labios, aprendiera las primeras letras, y que sus primeras palabras fueran “vida” y “libertad”.
Tantos Marcos Antonios. Tantos niños, niñas y adolescentes que el Estado desaparece todos los días de una vida digna, de las oportunidades de desarrollo, de ser seres humanos, para verlos reaparecer luego (si llegan a reaparecer) como jóvenes llenos de ansiedades, incertidumbres, violencias e inseguridades. Tantos, que las cifras nos provocan arcadas y nos aplastan cada día. Tantos y tantas, que cuando para uno se logra justicia, sentimos que avanzamos.
¿Quién no quiere que la justicia sea pronta y cumplida? ¿Quién no quiere que las víctimas de un delito tan serio como violación o trata de personas, sobre todo si son niñas, niños o adolescentes, sean atendidas debida y eficientemente por el sistema judicial, que tiene la obligación de asistirles? Levanto la mano por ello. Pero no se vale castigar y hacer invisible —una vez más— a la víctima, sobre todo si es una persona menor de edad, por el simple hecho de querer reducir la mora judicial.
“Cada Estado necesita una élite. La élite del Estado nacionalsocialista es la SS. En ella se perpetúan, sobre la base de la selección racial, conjugada con las exigencias actuales, la tradición militar alemana, la dignidad y la nobleza alemanas y la eficacia de la industriosidad alemana”, dijo Himmler en Münich, en 1933, como jefe de la Schutz Staffel (SS). Ese cuerpo de élite formado por fanáticos muy entrenados había sido creado por Hitler el 1º de mayo de 1925, para garantizar su seguridad personal.