Juan Carlos Lemus
NOTAS DE Juan Carlos Lemus
Cierta clase de persona está muy bien representada en el Congreso de la República de Guatemala. Es la clase de guatemalteco abusivo, corrupto y violento que tiene a sus iguales en altos puestos. Muchos diputados magnifican esa conducta grosera e irracional. Son la crema y nata del crimen callejero llevado al palacio legislativo donde operan con otras herramientas, mecanismos y dineros. Los diputados obran a una escala que no afecta directamente al asaltado sino a toda la sociedad, a su historia, su democracia.
Ha de ser difícil eso de fijarse como meta diaria no morir. Comer. No ser violada ese día. Pasar la noche en un sitio más o menos seguro. Conseguir una pastilla para el dolor, ni siquiera como remedio. Es probable que una mayoría de lectores nos impongamos retos laborales, de placer, académicos, pero hay personas que tienen el reto diario de la sobrevivencia. Esa lucha por la vida va desde salir sin daños de un vientre materno golpeado y desnutrido, hacia un centro de torturas llamado hogar. Ya vendrán las primeras violaciones, los golpes, las humillaciones.
Se puede medir el pulso de un país, según la forma como celebra sus acontecimientos. También, la idiosincrasia se refleja en la forma como se abordan las fechas conmemorativas. Qué tanto mueven a esa sociedad, cómo la mueven, cuál es su cultura —en el sentido definitorio de cultura como “su manera de hacer las cosas”—. En alguna medida, esa cultura se refleja en los anuncios de radio, prensa, televisión y redes sociales. El conjunto de ello puede ser una muestra del modo de hacer y de pensar, al menos de la sociedad visible, y mide cómo la aceptación pública obedece a los estímulos del mercado.
Los medios difundieron estas sorprendentes declaraciones del vicepresidente Jafeth Cabrera cuando cumplió, con Jimmy Morales, seis meses en el Gobierno: cuando surge alguna duda, el presidente “me la pregunta, yo se la respondo. Y cuando tengo una duda y se la pregunto, nos respondemos”.
Hay días en la historia del mundo personal que uno se levanta y no tiene mucho combustible. Probablemente cenó bien, no tuvo pesadillas y no hay hechos que alteren la rutina. El caso es que uno abre los ojos y se encuentra en un estado de tanque vacío.
Como bien sabemos, no habrá Cicig parte II. Nos encontramos en un momento histórico irrepetible. Una grieta se abrió al centro de la corrupción continuada. En 2015, el crimen organizado, tan acostumbrado a robar hasta bostezando, se sobresaltó por las capturas de los más altos funcionarios. Siguieron diputados, magistrados, alcaldes, jueces, empresarios corruptos, militares. En las calles, nadie podría decir —como antes— que solo se atrapaban gatos y se dejaba libre a los tiburones. Por un tiempo, varios sectores encomiaron los resultados de la Cicig y del MP, pero, al verse afectados, buscaron debilitarlos.
“Inspirado por el mal”, reza un lema —si se puede llamar así— escrito en la espalda de un pandillero capturado ayer cuando, según la Policía, se dirigía a cometer un asesinato.
No sé a usted, pero a mí me dio curiosidad eso de que el primer discurso de Donald Trump como presidente de Estados Unidos fuera o pareciera plagiado de la película Batman, el Caballero de la Noche asciende. Específicamente, del antagonista Bane, líder de una banda criminal.
Habría que inventar un verbo cuya definición fuese: 1. Acción y efecto de engañar, con evidente ignorancia, mediante falacias o forzando argumentos de otras épocas y otros tejidos sociales para influir en un segmento de la población ingenua. 2. Dícese de la capacidad de identificar al comunismo internacional en las acciones en contra de la corrupción, así como la habilidad nigromante de ver terrorismo en los actos de justicia. 3. Incapacidad de razonar y liviandad al exponer que toda inconformidad social es asunto de izquierdas. 4. Por extensión, acto de identificar acechanza o aprovechamiento cauteloso de los grupos de izquierda en los procesos penales por corrupción que se desarrollan en un país.
Acostumbrados como estamos al alto impacto, podría parecer que las recientes capturas sean, cuantitativamente, por una bagatela —algo más de Q179 mil—, si se compara con los aguaceros de millones bombeados por la expareja presidencial Pérez y Baldetti y sus ricos asociados en la estructura criminal; al mismo tiempo, podrá parecer una noticia de alto impacto consanguíneo, pues se trata de la detención del hermano y del hijo del presidente Jimmy Morales. Los hechos tienen, sin embargo, su cualidad de indicio. Esto es, esa trágica evidencia de que algo está peor entre lo que está mal. El círculo familiar tragándose al que —dice— no es corrupto ni ladrón. El hijo devorando a Zeus. Solo que esa victimización del padre recae sobre un tipo que tolera la corrupción en su entorno, no digo el familiar, sino del país. Un tipo votado por más de dos millones de personas, caído del cielo en un momento que todo era ver hacia arriba, por si luego de la lluvia caía cualquier cosa, algo que terminara con la histórica tradición perdedora de Ciudad Triste. El resistible ascenso de Jimmy llegó con su pan de hipocresía debajo del brazo y hoy se viven las consecuencias.