Juan Carlos Lemus @juanlemus9

Juan Carlos Lemus

NOTAS DE Juan Carlos Lemus

El subdesarrollo nos llevó hacia las cuerdas de un cuadrilátero desigual, donde peleamos enguantados contra un gigante que tiene púas en los nudillos. Ha sido una pelea callejera entre Cantinflas y Mike Tyson. Buenas noches, 2015, nos enfilamos hacia el amanecer 2016. Concluimos así un episodio más en la vida del mundo. Aunque fuimos llevados a las cuerdas, no todo está perdido. O tal vez sí.
El país carece de una asamblea legislativa integrada por representantes del pueblo. En el edificio de la 8ª. avenida de la zona 1, donde alguna vez funcionó el Congreso de la República de Guatemala, a excepción de dos o tres legisladores, se instalaron unas bandas criminales. Esas clicas se odian entre sí o se alían, según la temporada. Tienen una empresa de producción de poder que venden por galón o a bombeo, según la paga, a grandes empresarios explotadores, a políticos, a pequeños o grandes rateros y al presidente; en resumen, al mejor oferente y sin importar su procedencia o intereses.
Dice un relato hindú que la Verdad es una vieja que anda por ahí desnuda. Las personas de buenas conciencias la miran con desprecio, voltean la mirada, se cambian de acera o se tapan la nariz. La prefieren, dice, vestida con parábolas, que son la Verdad misma solo que con ropa y joyas.
Hace muchos años, de paseo por Cartagena de Indias, abordé una chiva rumbera. Al animador se le ocurrió preguntarme cómo se llamaba el presidente de mi país. No sé por qué lo hizo, pues se trataba de un paseo cargado de baile, ron y griterío. Él tenía un micrófono por el que iba presentando a los pasajeros. “El amigo, ¿de dónde es?” decía, y uno por uno iba respondiendo. El cuadro era nocturno: hombres y mujeres bailando, tragos, frutas y un animador que ya estaba contento. El planeta podría estallar, que lo único que nos importaba era ese bamboleo, la sudoración animal tan santa que uno expele cuando se juntan el trópico y la noche. Y me tocó turno:
Una sociedad libre no está formada con piezas al servicio de formas de pensamiento esclavizantes. En los últimos 300 años, occidente ha podido transformar —al menos en teoría— monarquías en repúblicas y totalitarismos en sistemas democráticos, aunque algunos, pese a que lo pregonan, no lo practican.
De cómo las intenciones cambian según las circunstancias. De cómo nos volvimos tarántulas. No usted y yo, sino algunos poetas y yo que no lo soy, pero lo he intentado.
Hablar sobre inteligencia militar o civil puede resultar incómodo, pues despreciamos cualquier tipo de control. El foro “Desclasifiquemos el modelo de inteligencia en Guatemala”, en el que participaron cuatro expertos, fue ofrecido por la Maestría Análisis Estratégico de la Escuela de Ciencias Políticas de la Usac. En realidad, no hubo desclasificación de nada, pero la actividad resultó útil.
Son demasiados los vehículos que hay en la Ciudad de Guatemala. Si en otra época tener un auto era un lujo, hoy día el que muchas familias capitalinas tengan dos o tres, según todos trabajen, es lo normal. La mala calidad de transporte urbano ha obligado a comprar tantos. Sería maravilloso utilizar buses adecuados, ir a pie, conducirse en bicicleta, trabajar y estudiar cerca de casa, pero son opciones para una minoría.
Cuenta la leyenda que las ánimas del purgatorio se transportaban en un tuc tuc. Eran 158 ánimas, pero cabían todas adentro. El piloto era El Sombrerón. El ayudante era un cadáver. Traían la ruta del Cenma hacia la 18 Calle, a las 12 de la noche. Como cada 1 de noviembre, salían del Congreso, digo, del Infiernito para visitar a sus familiares vivos. Dicen que el tuc tuc parecía vacío. Cualquiera que lo abordara, no notaba que adentro hubiera 158 almas en pena.
Habitamos espacios cercados con alambres de púas. En cualquier otro país normal —casi en el resto del mundo— los habitantes dan paseos nocturnos por las playas, las familias se sientan hasta muy tarde en las bancas de los parques o entran en una heladería, con todo y niños, a la una de la mañana. En el nuestro, por el contrario, la vida nocturna es “normalmente” peligrosa. Ya ni notamos lo acostumbrados que estamos a vivir encerrados de día y de noche en la ciudad y en nuestra casa.