Juan Carlos Lemus @juanlemus9

Juan Carlos Lemus

NOTAS DE Juan Carlos Lemus

Palabras hay que nadie saca a bailar. Están sentadas en las páginas el diccionario a la espera de ser empleadas, aunque sea por un escritor de esos aficionados a escribir difícil. Esas que ya nadie usa esperan que, algún día, un dedo se detenga encima de ellas a sacarlas de su aburrimiento. Han visto ya demasiadas veces que el diccionario se abre, el dedo se acerca, se detiene cerca de alguna de ellas, se le coloca encima. “Ahora —dice la palabra apuntada—, es el día. Cógeme. Llévame. Sácame de esta mugre”. Como siempre, el dedo sigue de largo. Se decide por la vecina o la de la esquina. “Si supieras lo que puedo provocar”, maldice la despreciada, casi siempre polisémica, al buscador.
Una vez grité en un barranco de los Cuchumatanes. Llené mis pulmones de aire al tiempo que elevé la vista a lo alto, hacia el cielo; luego, solté el grito más estruendoso que jamás había ni he vuelto a expulsar desde que tengo memoria. Andaba con Mario Rodolfo Morales, un colega y amigo con quien participábamos por esos días en unas raras jornadas de avistamiento de ovnis, recepción energética extraterrestre y otras presencias que se nos escondieron, por entero, durante nuestros días y noches de campamento.
Ha de ser difícil eso de ser diplomático. Qué tarea tan ardua sentarse a la mesa, estrechar la mano y tomarse fotos con funcionarios que más tarde serán encarcelados debido a que son narcotraficantes, ladrones, integrantes de bandas criminales paraestatales, como ha sido y sigue siendo el caso. Ha de ser difícil mantener modales discursivos, quitar palabras y buscar eufemismos cuando se tiene que hablar de un nido de alacranes prestos a picar a cualquiera. Lo sabe uno, que apenas opina en sus modestos espacios, cuánto tiene que reprimirse, cambiar adjetivos y hasta arruinar sus textos “para evitar el desborde”, como dicen los narradores de futbol.
¿Qué hace si se entera de que en su barrio hay un supuesto violador, unos supuestos asesinos y varios supuestos ladrones que viven en un mismo cuarto, a pocas casas de la suya? Tal vez, no querría esperar a tener certezas de tales suposiciones. Mientras tanto, ¿qué hace si esas personas son las que deciden su destino y el de su familia? Encima, usted aporta dinero para que ellos tengan autos blindados que encaraman en las áreas verdes.
Por siglos, la aristocracia europea hizo de la ópera un producto de alta cultura diseñada para sí misma, en contraposición a la cultura popular. En algún período, el género intentó seducir a la clase mercantil, por lo general inculta pero con capacidad de pago. Tras la Revolución Rusa de 1917, se buscó transferir la ópera, el teatro, el arte en general a la clase obrera. Así, se intentó expropiar la cultura artística de la prosapia zarista y se dio pie a la “Proletkult” o cultura proletaria. Esto sufrió extremismos como la censura y difamación de autores considerados burgueses. Es el caso de Shostakovich, cuyas óperas fueron calificadas de antipopulares y “pornofónicas”. Y es que su Lady Macbeth de Mtsensk (1934), por ejemplo, tiene cuadros de agresión sexual y un revolcón entre la patrona y un obrero. Es como si en la actualidad presenciáramos un perreo entre la Patrona y un hotdoquero en nuestra Plaza de la Constitución, a la vista de paseantes y feligreses.
El título de nuestro seminario para graduarnos del nivel medio fue “Perspectivas empresariales para el Bachiller Industrial recién egresado”. Según lo que investigamos, teníamos un futuro prometedor. Nuestros salarios serían altos, las empresas se disputarían nuestros servicios y nos darían oportunidad de asistir a la universidad.
Acaso hemos escuchado aquello de no pedir peras al olmo, cuya traducción más bondadosa es no esperar nada de los tontos. Uno debería cuestionarse seriamente qué se puede esperar de la mayoría de parlamentarios. Hay una minoría comprometida con su función. Son los que están al tanto, por ejemplo, de las propuestas de ley para interceptar aquellas que intentan pasar sus colegas corruptos para favorecerse. Están los diputados que llegaron ya curtidos en asuntos criminales, con trayectoria de asesinatos por investigar, robos, y son expertos en organización de bandas.
Se espera que el próximo miércoles venga al país el poeta y sacerdote católico Ernesto Cardenal, para la inauguración de la Feria Internacional de la Lectura Infantil y Juvenil de Centroamérica, la cual le es dedicada este año. Esta sería la primera vez que el nicaragüense nos visita. Solo Brenda Monzón, directora de la Feria, sabe lo difícil que habrá sido gestionar su llegada. En algunos círculos nicaragüenses, Cardenal tiene fama de escurridizo. Los periodistas locales tendrán que respetar si los evade. Tiene 93 años. Quienes lo han leído, quienes anhelan su presencia, no deberían imaginar a Ernesto Cardenal como un anciano bonachón que sienta en sus rodillas a los niños y les lee poemas. Nada de eso. Lo más probable es que quiera leer y largarse a su cuarto. Habrá que respetar su autenticidad, su derecho a ser una isla. Es injusto idealizar al escritor, músico, artista en general y someterlo al modelo de persona que quisiéramos que fuera.
Imaginemos a un herrero, uno de los de antes, ni tan viejo como Vulcano ni tan joven como fabricante de herrajes en serie. Vamos a imaginar a un herrero de aquellos que vestían gabacha de cuero. Brazos grasientos. Con una mano levanta el martillo. Con la otra sostiene las tenazas que aprisionan un pedazo de hierro encendido al rojo. Golpea ese hierro sobre el yunque. ¡Plin! Truena ¡Plan! Cada golpazo.
Los guatemaltecos somos más felices que Burundi, Tanzania y Francia. Al menos es lo que dice un estudio promovido por la ONU. Habría que decir: ocioso estudio.