Margarita Carrera
NOTAS DE Margarita Carrera
La frase de Marco Aurelio: “El filósofo es como un sacerdote y servidor de los dioses” que resurge con el platonismo, entra en crisis primero con Copérnico, en seguida con Darwin y, recientemente (lo que abarca la inmensa crisis del siglo XX), con Freud.
En la actualidad, según mi criterio, es ya casi imposible filosofar sin tener en cuenta el psicoanálisis. Los descubrimientos que de la psiquis ha realizado Freud no pueden permanecer al margen del quehacer filosófico, pues ello limita, de manera categórica, el pensar.
A partir de Platón, hasta llegar a Kant, la filosofía tradicional occidental gira alrededor de la metafísica. Esto es, pone todo énfasis en el mundo del más allá de la “physis”, en un marginamiento inaudito de este mundo o mundo de la “physis”.
En general, tiende a hacer una burda clasificación del placer, diciendo que existen en el humano placeres espirituales (o altos) y placeres animales (o bajos).
En su ensayo Nihilismo e inmoralismo, Danilo Cruz Vélez expone con claridad el recorrido del nihilismo a través de la historia: “El término nihilismo, que comienza a usarse a fines del siglo XVIII en la filosofía alemana, se difunde en el siglo XIX a través de la obra de algunos novelistas rusos, sobre todo la de Dostoievski, quien describe impresionantes figuras nihilistas y la atmósfera nihilista que comenzaba a respirarse en su patria. Antes de Nietzsche, sin embargo, el nihilismo corre, sin fuerza y como algo exótico y marginal, al lado de las grandes corrientes de la cultura europea. Nietzsche es el primero que lo coloca en el primer plano de la atención… Por eso se llama a sí mismo ‘el primer nihilista cabal de Europa’. Su nombre está, pues, íntimamente unido al nihilismo…”.
El descenso a lo recóndito del alma humana o psicoanálisis, se inicia desde Sócrates, que hace suya la máxima inscrita en el templo de Apolo en Delfos, al iniciar su postura filosófica con el “conócete a ti mismo”, continúa con Platón que concibe que “el alma es, en cierto modo, todas las cosas” y nos habla de “eros” como “un bien tan grande” que la naturaleza humana difícilmente encontraría auxiliar más poderoso que “eros” para emprender cualquier empresa, pues es un “demonio” (del griego “daimon”) que participa de lo humano y de lo divino, sigue, luego, con San Agustín que se atreve a hacerle frente al “fango de mi concupiscencia” y escribe así sus Confesiones, penetrando en las zonas tenebrosas de su alma; hasta dar el gran salto en la historia de la humanidad y encontrarnos con Descartes, quien inicia un autoanálisis para llegar a la verdad, y se define como la “cosa que piensa”.
El psicoanálisis se introduce patético, abrumador —molesto, intruso, sin invitación—, en todo lo concerniente al arte y a la ciencia que gira en torno al humano y a su destino. De la medicina, su campo específico, salta a la antropología, acapara, luego, la sociología, economía e historia, para situarse categórico, rebelde, atrevido, insolente, en el mundo del arte: literatura, artes plásticas, escultura y ¡hasta en la música!
Heidegger se obstina por insertar a Nietzsche, pensador rebelde y vital, dentro de la tradición filosófica de occidente, al sostener que su filosofía es la consumación de la metafísica y su última plenitud. Se refiere a la corriente racionalista que va desde Sócrates hasta Kant.
Kant tiene derecho a considerarse el Copérnico de la filosofía, pero “la revolución copérnica” que realiza no se basa tanto en invertir el orden del conocimiento, al hacer depender el objeto del sujeto, sino en desterrar de la filosofía racional todo elemento metafísico.
El rechazo que recibe Nietzsche en el mundo académico de la filosofía universitaria, es idéntico al rechazo que sufre Freud en el mundo académico de la psicología tradicional.