Sadio Garavini Di Turno

NOTAS DE Sadio Garavini Di Turno

Nuestro tiempo es un tiempo de transición “epocal”, cuya característica fundamental es la incertidumbre. Se advierte una clara aceleración del “ritmo” de la  historia. El resquebrajamiento de las ‘certezas’ del sistema bipolar, con sus “reglas del juego”, relativamente claras y estables,  abrió la puerta a un mundo más complejo e inestable. Henry Kissinger, en su libro World Order, nos recuerda que un sistema multipolar es más inestable y peligroso que un sistema bipolar. Y analiza los escenarios posibles de conflictos en gran escala: 1) EE. UU.-China con la llamada “Trampa de Tucídides”: conflicto entre la potencia  hegemónica y la potencia en ascenso, revisionista del status quo. 2)  Ruptura de las relaciones entre Occidente y Rusia. Por eso Kissinger, igual que Trump, subraya la necesidad de que Europa aumente sus presupuestos de defensa. 3) Una escalada del conflicto en el Medio Oriente, básicamente por la voluntad hegemónica de Irán y la reacción de Israel, Arabia Saudita y los demás árabes al respecto. Las guerras civiles junto con el desastre socioeconómico, el caos y la anarquía en buena parte del Medio Oriente y el Norte de África han fomentado una ola inmigratoria en Europa de magnitud y “ritmo” sin precedentes. A esto habría que agregar el auge del terrorismo islamista y la desaceleración económica europea, a partir de la crisis financiera del  2008, pero que además tiene que ver con los sectores perdedores en el proceso de la globalización y de los cambios tecnológicos. A esto habría que agregar, particularmente en los Estados Unidos, la reacción cultural conservadora y nativista frente al cosmopolitismo de las élites de las dos costas y su supuesto “libertinaje” moral y sexual.  ´Todo lo dicho tuvo mucho que ver con la victoria de Donald Trump y el fortalecimiento en Europa de partidos y movimientos populistas radicales de derecha e izquierda, que promueven políticas  xenófobas, racistas, proteccionistas, autoritarias y nacionalistas anti Unión Europea.
Frente a un régimen que, por mantenerse en el poder, está dispuesto a violar la Constitución y a reprimir violentamente no es fácil hacer oposición. La casi totalidad de los dirigentes de la oposición democrática están encarcelados, exiliados, inhabilitados o asilados en embajadas, y los demás, intimidados. Buena parte de los partidos políticos, incluyendo la coalición electoral ganadora de las elecciones parlamentarias, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), está ilegalizada.
Enrique Krauze, en su   libro de ensayos   El Pueblo soy yo, analiza el concepto de demagogia y nos dice que ya en la Grecia del siglo V a.C. “había comenzado a insinuarse en el cuerpo de la democracia para minarla desde dentro, barrenando su tronco mediante el uso torcido, falaz e interesado de la palabra”. Y nos recuerda que Tucídides, Aristófanes, Platón y Aristóteles la estudiaron y escribieron contra ella: “Comprendieron que la demagogia era una adulteración letal de la verdad, un culto cínico al éxito a través de la mentira, la conculcación de la palabra al servicio de la ambición política”. Cita también a Jenofonte: “La demagogia radica en el mal ejercicio del liderazgo y en una adscripción a un partido político que no busca el bien común de la polis”. Parece que estuvieran hablando del régimen de Maduro. Hay algo de verdad en la antigua máxima “nihil novum sub sole”.
Mario Vargas Llosa, en su reciente y muy recomendable libro de ensayos La llamada de la tribu, hace un interesante análisis de los pensadores que más influyeron  en su formación intelectual. Algunos de ellos como Karl Popper, Isaiah Berlin  y Raymond Aron también influyeron marcadamente en mi propia formación, agregándole algunos otros, como Jacques Maritain, Ernesto Sábato, Octavio Paz y  Albert Camus. En la evolución ideológica de Vargas Llosa del marxismo al liberalismo, revisada anteriormente en sus libros De Sartre a Camus y en El pez en el agua, se encuentran temas muy parecidos que también influyeron en otros autores como Arthur Koestler, George Orwell  y el mismo Octavio Paz,  que se alejaron de su  marxismo-leninismo juvenil. Todos estos pensadores y en particular Karl Popper, en su magistral  La sociedad abierta y sus enemigos, subrayan la idiotez y al mismo tiempo la enorme carga destructiva que están implícitas en  la creencia de conocer  el rumbo de la historia humana. Pensar que es posible la construcción del paraíso en la tierra fue la justificación moral e intelectual del comunismo, trágica ilusión y pavoroso fracaso histórico, que produjo la terrible estadística de 65 millones de muertos en China, 20 millones en la URSS, dos millones en Camboya, dos millones en Corea del Norte, un millón en Vietnam, un millón en Europa Oriental, un millón en África y 150.000 en América Latina (S. Courtois et alia, El libro negro del comunismo, Madrid, Planeta 1998, pp 15-46).  La soberbia de creer que se conoce la verdad absoluta en la tierra y sobre todo la manera de implantar la sociedad perfecta es sumamente peligrosa. El filósofo político británico Michael Oakeshott subraya los desvíos de esta soberbia racionalista y  en su obra La política de la fe y la política del escepticismo hace una excelente defensa de la política del ensayo y el error.  Gobernar no tiene como objetivo ni la perfección humana, ni la verdad, ni la belleza. El orden político siempre es un orden precario e imperfecto. En política, creer que se tiene la Verdad, “agarrada por la chiva” es fruto de una hubrys peligrosísima, de una soberbia descomunal e ignorante que conduce inevitablemente a una concepción totalitaria. En efecto, si se cree firmemente de  conocer la Verdad en la historia, sería insensato e ilógico darle derechos al error. Por tanto, en función del Bien Común del futuro, es necesario excluir a los que están “equivocados” de la posibilidad de hacer el mal. Si se está seguro de lograr la sociedad perfecta para la Humanidad del futuro, se debe aceptar el mal menor de sacrificar unos cuantos millones de “equivocados” en el presente. Camus decía: “Quienes todo lo saben no tardan en querer matarlo todo”, y Alain Touraine: “La era de las revoluciones ha llevado, por caminos sinuosos, al Terror, a la represión del pueblo en nombre del pueblo y a la ejecución de los revolucionarios en nombre de la revolución”. En Venezuela, “por ahora”, todavía a los revolucionarios disidentes solo los encarcelan o exilian.
Mario Vargas Llosa en su más reciente y excelente libro La llamada de la tribu, nos recuerda que Karl Popper “llama “espíritu de la tribu” al irracionalismo del ser humano primitivo que anida en el fondo más secreto de todos los civilizados, quienes nunca hemos superado del todo la añoranza de aquel mundo tradicional —la tribu— cuando el hombre era aún una parte inseparable de la colectividad, subordinado al brujo o al cacique todopoderoso, que tomaban por él todas la decisiones, en la que se sentía seguro, liberado de responsabilidades. El “espíritu tribal”, fuente del nacionalismo, ha sido causante, con el fanatismo religioso de las mayores matanzas en la historia de la humanidad”.
La farsa electoral del 20 de mayo, convocada atropelladamente fuera de los tiempos constitucionales, por una Asamblea “Constituyente” ilegítima , electa a la manera soviético-fascista, con la mayoría de los partidos de oposición ilegalizados y con casi todos los dirigentes políticos relevantes, presos, exiliados, asilados o inhabilitados, ha producido unos resultados fraudulentos, “cocinados” por un “árbitro” electoral, títere del régimen. Pero esos mismos resultados no pudieron esconder completamente la estrepitosa abstención que se transformó en una verdadera e inocultable protesta contra un régimen caracterizado por la incapacidad, la corrupción y las “ideas muertas” de un modelo fracasado, que ha provocado en Venezuela un trágico desastre socioeconómico. La comunidad internacional democrática no reconoció ni los comicios, ni sus resultados y ha anunciado un aumento de las sanciones diplomáticas, políticas y económico-financieras, que afectan no sólo a personajes del régimen y sus familias, sino también a la operatividad financiera del gobierno. Ahora bien, las sanciones y en general las presiones internacionales son absolutamente necesarias, pero no suficientes, para enfrentar un régimen con clara vocación totalitaria, cuya base de apoyo se sustenta, casi exclusivamente, en el control que todavía mantiene sobre las fuerzas armadas legales e ilegales. La lección que nos dan casos relativamente parecidos, mutatis mutandis, es que las presiones internacionales deben ser acompañadas por acciones y presiones internas diversas, simultáneas y no excluyentes. Los casos de la lucha contra el régimen racista de África del Sur y la Nicaragua de los años 80-90 del siglo pasado, deben ser analizados.
Los participacionistas, en buena fe o no, insisten con el argumento de que, si todo el 80 por ciento que en  las encuestas afirma estar en contra del gobierno fuera a votar, la derrota del gobierno sería contundente e imposible de ocultar, lo cual obligaría al gobierno a aceptar los resultados o a cometer un evidente y burdo fraude, creando las condiciones para una fuerte reacción popular y el desconocimiento de la comunidad  internacional.
Algunas muy respetables personalidades del universo opositor apoyan, en buena fe, la candidatura de Henry Falcón para las elecciones de mayo, convocadas por el gobierno Maduro, alegando que el rechazo al gobierno está alrededor del 80%, según todas las encuestas, y que, por tanto, si todos los opositores fueran a votar, la derrota del gobierno sería contundente e imposible de ocultar. Lo cual obligaría al gobierno a aceptar los resultados o a cometer un absolutamente evidente y burdo fraude, creando las condiciones para una fuerte reacción popular y el desconocimiento de la comunidad  internacional.
El anterior secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, el 15 de diciembre del 2016, alegando sus atribuciones previstas en el Acuerdo de Ginebra —el tratado que regula desde 1966 la controversia fronteriza entre Venezuela y Guyana—, manifestó que había “llegado a la conclusión de que, si hacia fines de 2017, el Secretario General concluyera que no se ha logrado un avance significativo hacia un acuerdo completo para la solución de la controversia, elegirá la Corte Internacional de Justicia (CIJ) como el próximo medio de solución”.
La historia nos enseña que las dictaduras se enfrentan exitosamente a través de diversos “caminos” simultáneos, que no son excluyentes sino complementarios. En otras palabras, que tienden a reforzarse mutuamente. Además, la historia también nos dice que no hay transición de un gobierno autoritario a uno democrático que no  pase por una negociación, a menos que sea por una intervención militar extranjera y un golpe de Estado exitosos o una guerra civil con un claro vencedor. Hubo negociaciones en las transiciones hacia la democracia en Polonia, Chile, España, Filipinas, Indonesia, Nicaragua y  Suráfrica, entre otros. En los dos últimos casos, las negociaciones se dieron mientras había un conflicto armado interno entre los gobiernos De Klerk y Ortega, por una parte  y las guerrillas del African National Congress de Mandela y de la “Contra”, por la otra. También en El Salvador, Guatemala y más recientemente en Colombia, las negociaciones de paz coincidieron con la continuación del enfrentamiento armado, solo hacia el final de esos procesos se acordaron ceses del fuego. Por tanto los “caminos” son de diverso tipo y tienden a ser implementados al mismo tiempo y se dividen en  presiones nacionales e  internacionales. Las nacionales incluyen protestas pacíficas y no violentas, alrededor o no de movilizaciones electorales, los ya mencionados conflictos armados y obviamente los diversos tipos de golpes de Estado militares. Entre las  presiones internacionales podemos mencionar las diplomáticas, las sanciones individuales, financieras y comerciales, el apoyo financiero y logístico a las guerrillas internas, como en el caso de la Contra en Nicaragua, el apoyo discreto a un golpe de Estado y la intervención militar directa, como pasó en  la caída de la “narcodictadura” de Manuel Noriega en Panamá.