Reflexiones sobre el deber ser
La intolerancia como patología
La intolerancia es una práctica deshumanizante.
En la Declaración de Principios sobre la Tolerancia de la Unesco se expresa que la tolerancia consiste en el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos; la fomentan el conocimiento, la actitud de apertura, la comunicación y la libertad de pensamiento, conciencia y religión; asimismo, es la armonía en la diferencia. No solo es un deber moral, sino, además, una exigencia política y jurídica; es la virtud que hace posible la paz, contribuye a sustituir la cultura de guerra por la cultura de paz.
La intolerancia es una práctica deshumanizante.
Conforme a dicha Declaración de Principios, en el ámbito del Estado, la tolerancia exige justicia e imparcialidad en la legislación, en la aplicación de la ley y en el ejercicio de los poderes judicial y administrativo; demanda también que toda persona pueda disfrutar de oportunidades económicas y sociales sin ninguna discriminación; la exclusión y la marginación pueden conducir a la frustración, la hostilidad y el fanatismo.
Respecto de la tolerancia, Voltaire dice: “Tolerar es reconocer y respetar las ideas y creencias de los demás, aunque no coincidan con las tuyas”. Asimismo, afirma: “Tolerancia es sinónimo de respeto y concordia”.
Por el contrario, la intolerancia, que se asimila a la intransigencia, consiste en la incomodidad y el rechazo hacia la manera de pensar o actuar de otras personas, así como el irrespeto de sus costumbres, tradiciones, ideas, actitudes ante la vida y creencias o prácticas religiosas.
Sin duda, la intolerancia es una práctica injusta y deshumanizante que niega los derechos fundamentales de los demás y que ha dado pie a antipatías, aversiones, discriminaciones, agresiones, venganzas y atrocidades a lo largo de la historia de la humanidad. “El infierno son los otros”, afirma Jean-Paul Sartre.
Voltaire está dispuesto a sacrificarse por el derecho del prójimo a externar su conciencia, cuando afirma: “No comparto tus ideas, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlas”.
En una democracia liberal no cabe la intolerancia, la censura ni la represión del ejercicio de la libertad de emisión del pensamiento. En todo caso, esta es la primera trinchera en la defensa de la libertad individual y, en palabras del escritor Francisco Pérez de Antón, la más elocuente de las modalidades de la libertad. Inequívocamente, la intolerancia es una patología, una enfermedad, que no es admisible en una sociedad republicana y democrática que protege la libertad individual y se rige por el Derecho.
Lamentablemente, la intolerancia no ha sido superada, aunque se haya adoptado el gobierno republicano y democrático representativo. Se sigue denostando (deshonrando y agrediendo) a los librepensadores y a quienes razonan diferente o se atreven a disentir. También se hace acopio de la lógica político-antagónica del amigo-enemigo (nosotros contra los otros), sostenida por Carl Schmitt.
Por otro lado, a pesar de que se han adoptado los principios de respeto de la dignidad humana y de regencia de una genuina democracia institucional, algunos grupos de presión defienden, a ultranza, la existencia de privilegios y discriminaciones, la vigencia de una justicia oficial parcial e ineficaz, así como la habilitación de un autoritario régimen de excepción.
Además, ciertos individuos ideológicamente intoxicados, en medio de cansadas y repetitivas peroratas, siguen alentando el choque de unos contra otros, obviando que los verdaderos enemigos mortales del Estado de derecho son las mafias, que avasallan y esclavizan a la población.