Liberal sin neo

La sociedad empresarial

Planes para crear valor

La relación entre las instituciones y la prosperidad de sociedades es un fenómeno bastante estudiado en las ciencias sociales. El progreso económico está profundamente ligado a la presencia de instituciones que permitan e incentiven la acción empresarial productiva. Cuando las instituciones funcionan para proteger la propiedad y la persona, asegurar el cumplimiento de contratos, brindar seguridad jurídica e incentivar la acumulación de capital, el proceso de mercado moviliza recursos hacia usos más valiosos y puede desplegar su potencial.

Una sociedad puede tener muchos emprendedores y seguir siendo pobre.

Este tipo de economía se puede describir como una sociedad empresarial. El concepto es más que la cantidad de empresas o empresarios; se refiere a una configuración social en la que el descubrimiento, la innovación y la iniciativa individual son premiados y legitimados como valores culturales. El camino para construir las instituciones “correctas” enfrenta innumerables obstáculos reales; la historia está llena de intentos fallidos de importar instituciones a contextos sin disposición para sostenerlas.

Douglass North señaló que las instituciones representan más que solo leyes o estructuras formales; incluyen la complejidad de creencias, valores y expectativas compartidas por una sociedad. Si un entorno premia la piratería, surgirán organizaciones piratas; si premia la producción, surgirán empresas productivas. William Baumol pensaba que el talento emprendedor está distribuido de manera más o menos constante en la población. Lo que varía es hacia dónde se dirige ese talento: ¿a la innovación o al crimen organizado? ¿Al comercio legítimo o al clientelismo político? Esa asignación depende del entorno institucional.

La escuela austríaca de economía aporta una visión rica del fenómeno empresarial. Para Kirzner, el empresario no es solo un innovador técnico, como creía Schumpeter, sino alguien que descubre oportunidades que otros no han visto. Su función no es tanto asumir riesgos, sino descubrir formas de redirigir recursos a usos y configuraciones que tienen más valor. Ludwig Lachmann, otro austríaco destacado, entendió el capital no como objetos físicos, sino como planes humanos que especulan sobre maneras de coordinar recursos para crear valor.

Aquí surge una paradoja. Una sociedad puede tener muchos emprendedores y seguir siendo pobre. La clave va más allá de la cantidad de acción empresarial, para enfocarse en el destino social que esa acción persigue y la complejidad de procesos y redes que usa y nutre. ¿Se dirige al desarrollo de productos valiosos o a capturar rentas estatales? ¿Genera redes productivas o reproduce estructuras criminales? Subraya que el emprendimiento no es inherentemente virtuoso: necesita un marco normativo que lo oriente hacia fines socialmente productivos.

Además, hay un componente cultural decisivo. Max Weber lo intuyó al vincular el espíritu del capitalismo con ciertas normas éticas y cultura aspiracional promovidas por las creencias. Deirdre McCloskey sostiene que las ideas, los valores y la narrativa sobre el comercio y la innovación son tan importantes como las instituciones formales. En el plano simbólico, la función empresarial necesita ser plenamente legitimada como ideal de progreso.

El misterio es cómo hacer que el emprendimiento productivo se convierta en una norma social ampliamente compartida y respetada. Requiere instituciones estables fortalecidas con creencias y prácticas que les dan sentido y las hacen cumplir, acompañadas por evolución cultural que valore la iniciativa individual, la acumulación de capital y la obtención legítima de riqueza.

ESCRITO POR:

Fritz Thomas

Doctor en Economía y profesor universitario. Fue gerente de la Bolsa de Valores Nacional, de Maya Holdings, Ltd., y cofundador del Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (CIEN).

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