Rincón de Petul
No hay bicicletas en las aceras
¿Por cuánto tiempo puede vivir escondida una persona?
En las ciudades pequeñas de los Estados Unidos se ha creado una nueva diversidad. Digo, nueva, por decir algo. Pero esto es algo que se mira hace un buen puñado de quinquenios. Recorrer las calles de estos poblados lo va tirando a uno por escenas esperadas en lugares así. Que una iglesia por aquí, que un McDonald’s por allá. Se miran escuelas y casas de quienes uno tradicionalmente ubica como la “gente del lugar”. Pero de repente, en búsqueda de los barrios guatemaltecos, esos donde se han ido a desarrollar buena parte de los nuestros, imágenes empiezan a verse claramente. Una a una, se tupen las calles de tiendas con nombres conocidos nuestros. “El Quetzal”, “Xelajú”, y tantos otros icónicos más. Sigue uno conduciendo y un carro luce calcomanías de la azul y blanco. A veces, la percepción es que los migrantes han pasado estos años escondidos de la luz del sol. Pero esto no ha sido así. Por lo menos, no hasta ahora.
¿Por cuánto tiempo puede vivir escondida una persona?
Hay dos observaciones que nunca me fallan cuando ando por estas ciudades como sabueso de barrios chapines. Uno es que en ellos suelen verse juguetes de niños en los patios delanteros de las casas, en mayor proporción que la que se ve en otros barrios. Carros con pedales, de esos de 4 llantas, triciclos, muñecos, no sé. Cosas que hacen notar que quienes viven ahí tienen más niños que los de otros lados. Y paisanos andando en bicicleta por las aceras, es otra señal que pocas veces fallaba al buscar compatriotas en esta, que hasta ahora conocí como la “Tierra de los Libres”, la “Land of the Free”. Y es que así se veían, libres y sin preocupación, pedaleando para hacer los mandados de barrio. Esto es más claro en los lugares de predominancia maya, cuyo fenotipo se distingue del de los vecinos hispanos. Esto se da, por supuesto, mucho más en la época cuando no hay frío.
Pero aquí en Virginia estamos en plena primavera. El termómetro nos recuerda el verano se mira ya a solo un mes de distancia. Vine unos días y recorrí aquellos barrios por donde siempre vi a los mayas pedalear, con sus pantalones cortos a tres cuartos de canilla, con sus chanclas de hule y sus gorras de trabajo. Antes se les veía andar sin una pena. Pero ahora no los vi. No andan por aquí. Tal vez sea solo una coincidencia que conecto por lo que sé que sucede en las noticias. El terror aún presente por las acciones amplificadas de un presidente antinmigrante. Portadas que relatan de medio millar capturado esta semana en el estado de Florida, en lo que autoridades llamaron la Operación Marea Negra. Tal vez, están ocupados, construyendo casas, limpiando techos, dando el mantenimiento a maquinaria indispensable, o haciendo los oficios a los que se dedican diariamente.
Creo que lo que se vive aquí no es una loca paranoia. No es que las vidas aquí se hayan aniquilado, pero sí, se miran dinámicas mucho más discretas. Pero la gente sigue aquí. Obviamente, la invitación a la autodeportación no resuena entre la gente. ¿Quién, en su sano juicio, destruiría voluntariamente todo por lo que ha trabajado y vivido? Allá en las comunidades de origen, igual no se mira un retorno extraordinario. Y el mercado local sigue teniendo los frutos que aporta el migrante indocumentado. Acaso, si no se les ve, ¿es porque ahora viven resguardados? Pero ¿por cuánto tiempo puede vivir escondida una persona? ¿Por cuánto tiempo escondido de la luz del sol? “Uno salía a la calle —en febrero— y se sentía que uno caminaba solo”, me dijo una paisana de Cubulco. “Ahora un poco empiezan a salir”. Como dos trenes que van camino a la colisión. La libertad contra la franca persecución. ¿Ese choque se dará? ¿Qué sucederá?