REGISTRO AKÁSICO
Participar en la batalla cultural
Por batalla cultural se entiende la puesta de temas organizadores de la acción pública para definir la entrega de privilegios a un grupo quejoso que los utiliza para conseguir ventajas propias, al desviar los objetivos auténticos de la lucha. Los autoidentificados en una posición política, sea derecha o izquierda, propagan definiciones supuestamente de consenso para conseguir resultados en su provecho, casi siempre burocrático, pero con ventajas económicas. Se ilustra cuando alguien afirma la necesidad de considerar un proyecto como autosustentable, pero escamotea considerar una incidencia en la producción para establecer alguna oficina de asesoría con dilatados honorarios.
Macarena Olona, una derechista de Vox, es notable al desacreditar la corrección política. En sorna, al oponerse, utiliza el mantra de ser sustentable, con enfoque transversal de género e inclusiva, para evidenciar la demagogia de sus oponentes.
Un campo de la batalla cultural es el relato histórico. En este mes se recuerda la independencia centroamericana. En general, los entreguistas insisten en las cantaletas consabidas: a. estaban unos, quedaron otros; b. se dependía de España, se pasó a Inglaterra y después a EUA; c. la mayoría de la población no participó; d. los Aycinena, familia conservadora, fueron los verdaderos impulsores con su plan pacífico, etc. De esa cuenta, cambiar el relato histórico como un motivo de orgullo a episodios denigrantes sirve para atizar la indefensión de las instituciones resultantes. Por lo tanto, se justifica la intervención de organismos y funcionarios extranjeros abusivos, en el presente.
' Al desterrar la estridencia política se fortalecen los derechos e intereses ciudadanos acertados.
Antonio Mosquera Aguilar
Otra área consiste en la adaptación tranquila a la evolución de las instituciones de parentesco. En palabras de lego: se sabe el tránsito de las grandes familias y convivencia entre géneros; hacia la familia nuclear, monoparentales y parejas del mismo sexo. En lugar de generarse criterios a favor de hacer más fácil la vida de las familias en trabajo, educación y vivienda, se centra la atención únicamente sobre los menesterosos. Por ello se proclama como solución establecer comedores estatales para dar de comer a los hambrientos, se hace caso omiso de generar ocupación y orientar los presupuestos familiares con mejoras de vivienda y transporte. En otras palabras, se desvía la atención hacia una política imposible, para escamotear la esencial: los problemas reales de la mayoría de familias.
De la misma manera, en lugar de establecer el respeto hacia la libertad de las personas adultas en materia sexual, se sobredimensiona el disenso y se invade la educación a los menores de 10 años con el fomento de prácticas ajenas a su desarrollo hormonal. Unido a este debate, se encuentra la lucha de las mujeres por su igualdad ciudadana; vale decir, mantener la mitad de cargos en negocios, vida cultural y públicos por nombramiento y elección. Tales reivindicaciones se ignoran, al dirigir las luchas hacia la atención exclusiva de la violencia contra la mujer. Existe, no se niega. Es evidente la necesidad de proscribir la agresión a las mujeres motivada por yerros educativos y culturales; pero tampoco agota la necesidad ciudadana principal: las mujeres son un poco más de la mitad de la humanidad, sus derechos deben ser promovidos y desterrada la discriminación histórica heredada de condicionamientos patriarcales.
Sin agotar el tema, la batalla cultural enfrenta la formación de estampidas para reventar los movimientos sociales fundados; por medio de sustituir las demandas justas por otras deleznables, para animar la quiebra de la democracia.