LA ERA DEL FAUNO
“Inspirado por el mal” ¿cuál?
“Inspirado por el mal”, reza un lema —si se puede llamar así— escrito en la espalda de un pandillero capturado ayer cuando, según la Policía, se dirigía a cometer un asesinato.
A primera vista, la relación: marero/tatuaje, queda resuelta como respuesta inmediata a la maldad que profesa, pues se inscribe dentro de un sistema criminal que bien informados estamos. Ese “mal” al que se refiere, sin embargo, tiene un mensaje denotativo y otro connotativo. Quiero decir que, tal vez, no es el mismo mal que él sostiene al que podemos interpretar que lo inspira.
Por parte del tatuado, podría tratarse de un mal satánico, pero también podemos observar ese otro mal bien vestido, de uñas recortadas; una inspiración del mal influido por acciones corruptas de satanes de carne y hueso. El paradigma social marero conduce, por asociación, a los cachos, más todavía cuando se tatúan letras neogóticas con símbolos de marginalidad, rostros diabólicos, puñales y fusiles. Pero, en cierta manera, esa interpretación única del mal exonera al otro mal encarnado en el criminal evidente. Para mí tengo que sería más realista si un marero se tatuara el rostro de los diputados Ovalle, Melgar Padilla, Linares Beltranena y otros similares, antes que una caricatura del diablo. El trabajo de campo, el sucio, lo hacen los mareros; el de gabinete, los magistrados cuando son corruptos, los jueces de la impunidad, es decir, el crimen paraestatal que tanto daño ocasiona al país, culpable de la inseguridad; ese crimen organizado que intentan desarticular Iván Velásquez como jefe de la Cicig, el MP eficaz —el eficaz—, los organismos de Derechos Humanos y la sociedad civil.
La criminalidad tiene un vórtice cuyas líneas trascienden ramificadas desde nuestra historia, se enraman en el presente y pretenden perpetuarse bajo la protección de operadores inmunes, para marcar nuevas rutas de impunidad. Esa inspiración puede aflorar de un mal terrenal, no tatuado, cuyos vasos comunicantes son más efectivos que una veladora puesta a los pies de la Santa Muerte, pues las herramientas del mal al que me refiero no son sobrenaturales: es negar la educación o proporcionar una educación deficiente, manteniendo así la ignorancia en todos los estratos educacionalmente intervenidos, tanto parvularios como universitarios; es mantener la insalubridad para que la gente se ahogue en submundos de enfermedades físicas y emocionales, y negar la igualdad de oportunidades. Todas esas formas de control se amarran con un fuerte lazo: el miedo. El terror marcado en la espalda podría asociarse a Satán, al más allá, lo que hace olvidar el más acá, la manipulación de las leyes y los beneficios cedidos al crimen de saco, corbata y tacones.
Cuando se difama la labor de la sociedad civil, de las organizaciones de Derechos Humanos, los esfuerzos de la Cicig, se busca frenar los avances para eliminar los ductos de control que transportan correntadas de miedo, droga y crimen en un país desinformado. Un país al que le resulta más fácil escandalizarse con la espalda de un marero que repudiar los crímenes perpetrados por personas con el poder legal, que operan desde y paralelamente a los tres poderes del Estado. Es más fácil achacar anticristianismo a un marero que ver las causas y consecuencias de la realidad nacional, así como lo actuado por grupos como la Línea y sus derivados.
Como habrá usted notado, no someto a discusión qué hizo ese marero ni qué condena merecería, nomás expongo ese otro inframundo tangible, firmante, donde los criminales difaman, hacen de la argucia ingeniería y son el mal central.
@juanlemus9