LA ERA DEL FAUNO

Nuestra casa/país

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

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Habitamos espacios cercados con alambres de púas. En cualquier otro país normal —casi en el resto del mundo— los habitantes dan paseos nocturnos por las playas, las familias se sientan hasta muy tarde en las bancas de los parques o entran en una heladería, con todo y niños, a la una de la mañana. En el nuestro, por el contrario, la vida nocturna es “normalmente” peligrosa. Ya ni notamos lo acostumbrados que estamos a vivir encerrados de día y de noche en la ciudad y en nuestra casa.

La muestra de arte contemporáneo Seguridad/Visualidad, abierta por estos días en el centro cultural La Casa, es un espejo del miedo urbano. Resalta los elementos circundantes de nuestra vida, entre otros: talanqueras, cámaras, alambres de púas o de navajas “razor” sobre los techos (en algunos lugares hasta tienen una combinación de ambos, más sistema de alto voltaje para electrocutar ladrones, aunque lo que caen son gatos); barrotes en las tiendas, muros con “chayes” en lo alto, túmulos, garitas. Nos habituamos a ver los fusiles de alto calibre que cuelgan de los guardias.

Esa manera de sobrevivir nos hace reos voluntarios y obligados del sistema. Lo asimilamos como una solución porque en cualquier sitio fuera de casa corremos peligro. Pero esa forma de vida nos moldea, nos da un carácter, nos configura sin darnos cuenta; el privilegio de habitar espacios “protegidos” nos hace prisioneros y nos vuelve todavía más clasistas. Estas son algunas reflexiones derivadas de dicha exposición que muestra, por medio de fotografías y objetos instalados, nuestra conducta urbana. Los exponentes Mónica Mazariegos, Marisol Alonso, Lizeth Castañeda, Dinora de Posadas, Vicente Chapero, Heini Villela, Alejandro Flores y Juan Pensamiento Velasco someten a discusión realidades incómodas que suelen ser evadidas, tales como las diferencias sociales fomentadas entre protegido y protector en espacios amenazados y amenazantes.

Otras culturas, más libres, donde se mantienen las puertas abiertas y la gente camina sin preocupaciones a media noche por los callejones, son consideradas, paradójicamente, por muchos guatemaltecos desinformados, lugares pobres en donde se comen a los niños, pues son socialistas. Recién visité, de nuevo, La Habana, donde la vida es cada vez más alegre. Los espacios abiertos son prioritarios. A la una o hasta el amanecer, cubanos con sus niños o extranjeros pasean por el malecón; entran y salen de los bares, los cafés o conversan en los parques. Las casas son una fiesta. No hay pobreza como la conocemos: nuestra pobreza urbana es como humo de incienso en nuestros vehículos con alarmas; es ese trabajo al que muchos llegan abordando tres buses cada mañana; donde se labora a brazo partido por un salario bajo que apenas alcanza para pagar la renta o almorzar en un centro comercial que también es un recinto vigilado, una cárcel social de conveniencia. Pensé en todo eso al observar esta soberbia muestra de los artistas. Es una exposición que nos recuerda —o me recordó— que habitamos un país triste, preso de angustia, donde la libertad consiste en encerrarse temprano y en dar paseos bajo estricta vigilancia.

@juanlemus9

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